ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
SER SACERDOTE HOY
La formación del sacerdote
El ejemplo de Jesucristo
La institución del Seminario
La necesidad del Seminario
Sacerdotes para el siglo XXI
La madurez humana
La madurez espiritual
La madurez intelectual
La madurez pastoral
La madurez misionera
Los signos de la madurez presbiteral
LA PASTORAL VOCACIONAL
Algunos principios básicos
La dimensión vocacional, eje de la vida cristiana
La dimensión eclesial de la vocación
El diálogo inefable entre Dios y el hombre
La “reconstrucción” de la mentalidad cristiana
Propuestas pastorales
Laoración perseverante
Ser sacerdote: Un regalo de Dios
Los encuentros juveniles y el trato personal
El servicio a los demás
La familia
La parroquia
El Seminario Menor
CONCLUSIÓN
SACERDOTES PARA EL SIGLO XXI
¿Qué sacerdote deseamos formar?
“Jesús llamó a los que él quiso y se fueron con él.
A Doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar”
(Mc 3, 13-14).
INTRODUCCIÓN
El día de mi ordenación episcopal al dirigirme a vosotros los sacerdotes y a todos los diocesanos os anunciaba que “la pastoral vocacional que es urgente y vital y el Seminario, no dudéis, será una de nuestras pasiones”. Sin embargo, mirando a los años transcurridos entre vosotros, he de reconocer que a pesar de mi insistencia animando al cultivo de los gérmenes vocacionales en niños, adolescentes y jóvenes, y a la oración constante por las vocaciones, la situación no sólo no ha mejorado, sino que se ha deteriorado notablemente.
Estamos viviendo un momento crítico en el que, sin embargo, os invito a recuperar la esperanza, si se ha perdido, y a poner todos los medios a nuestro alcance para que, con la ayuda de Dios, hagamos cambiar la preocupante situación en que nos encontramos. Con esta intención me dirijo a vosotros sacerdotes, a los padres y madres, a los catequistas y a todos los diocesanos con esta sencilla Carta Pastoral en el Día del Seminario.
SER SACERDOTE HOY
La Formación del Sacerdote
El ejemplo de Jesucristo
Con vosotros, quiero comenzar volviendo la mirada al mismo Jesucristo. Los evangelios nos ofrecen datos escuetos, pero suficientes, para conocer las primeras etapas de su vida. Nos relatan la concepción por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen, el nacimiento en Belén de Judá, la huída a Egipto porque Herodes quería matarlo, el establecimiento en Nazaret y la visita al templo de Jerusalén a la edad de doce años. A partir de este momento, la vida de Jesús se convierte en vida oculta, hasta que a la edad de unos treinta años se coloca en la fila de penitentes que acudían a recibir el bautismo de conversión que ofrecía el Precursor. Tras ello el Espíritu le impulsa al desierto en donde es tentado por el demonio.
Después, en Galilea, comienza su vida pública, cuando se acerca a Nazaret y en la sinagoga, después de leer un pasaje del profeta Isaías (61,1 -2) afirma, con toda rotundidad: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). En aquel momento los oyentes expresaron su aprobación, pero poco después, al añadir algo que no les agradaba, trataron de despeñarlo. De este modo se cumplía lo que él mismo les había recordado: “Ningún profeta es bien recibido en su tierra” (Lc 4, 24).
Jesús, tras estos acontecimientos, emprende su camino y su predicación por tierras de Galilea. Y entre los que le escuchan, algunos lo siguen por propia iniciativa y otros son llamados por él. Después de un tiempo, Jesús subió al monte para orar y pasó la noche en oración. Cuando se hizo de día “llamó a los que él quiso y se fueron con él. A Doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar” (Mc 3,13-14). Una nueva etapa comienza. Los elegidos conviven con Jesús y son formados por él. Su palabra y sus obras van configurándolos y plasmando en ellos la imagen de Jesucristo. De este modo recibieron la preparación adecuada para realizar la misión que les sería encomendada. La misión es la que los evangelios sitúan justo antes de la Ascensión de Jesucristo y en la que el evangelista Mateo expresa el último mandato de Jesucristo: “Id y haced discípulos de todos los pueblos ... enseñándoles a guardar todo ¡o que os he mandado”
(Mt 28, 19-20).
La institución del Seminario
La Iglesia, siguiendo este ejemplo de Jesús, siempre se ha preocupado de la formación de los cristianos para que, conociendo a Jesucristo, pudieran llevar una vida coherente con la Buena Noticia que él había anunciado. Y la Iglesia comprendió, que así como Jesús había instruido de forma más completa a los Doce, también ella debía formar con una atención particular a los llamados al ministerio ordenado. El estudio en profundidad de la Sagrada Biblia, la comprensión de las verdades de fe y un estilo de vida propio, les servirían para, al tiempo que ellos se santificaban, estimular a todos los cristianos a seguir fielmente las enseñanzas del Evangelio y obrar también su propia santificación. Sin embargo, los cristianos laicos y también los religiosos y los que habían recibido el sacramento del Orden, no siempre respondían a lo que les exigía su estado de vida. Por ello, y para lograr una adecuada formación del clero, el Concilio de Trento mandó que se instituyeran centros apropiados y específicos de formación que recibieron el nombre de Seminarios Conciliares. Como bien sabemos a su creación contribuyó de forma sobresaliente, con sus Memoriales, San Juan de Avila, patrono del clero secular de España. Y a partir de Trento se fueron creando seminarios en todas las diócesis, cuya importancia ha quedado demostrada con el paso de los siglos. Hoy no podemos entender la Iglesia sin esta institución, que deben tener todas las diócesis, por lo que sólo en casos excepcionales se puede prescindir de él.
La necesidad del Seminario
De hecho a los Obispos se nos encomienda de un modo muy directo y de forma encarecida la preocupación por el sostenimiento de los seminarios. En el Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, siguiendo la Exhortación apostólica “Pastores de la grey”, se nos dice que el seminario es la “Institución primaria de la Diócesis”, resaltando que “entre todas las instituciones diocesanas, el Obispo considere la primera el seminario y lo haga objeto de las atenciones más intensas y asiduas de su ministerio pastoral, porque del seminario depende gran parte de la continuidad del ministerio sacerdotal de la Iglesia” (DMPO, 84). Añadiendo en el número siguiente: “El mismo Obispo insista decididamente y con convicción sobre la necesidad del seminario mayor ... y trabaje a fin de que la diócesis tenga un seminario diocesano propio, como expresión de la pastoral vocacional de la Iglesia particular” (DMPO, 8~). Solicitud que s~ extiende igualmente al seminario menor: “El Obispo se preocupará donde sea posible, de constituir un seminario menor o de sostenerlo donde esté ya presente” (DMPO, 86). Con estas indicaciones se nos recuerda que el seminario no es en cada una de nuestras Iglesias particulares, una institución más, sino una institución fundamental, que debe estar presente en el empeño de todos y contar con la colaboración de cada uno, para que no tengamos que lamentarnos por su desaparición.
Sacerdotes para el siglo XXI
El seminario es, pues, la institución que la Iglesia crea para formar a los futuros sacerdotes, conforme al modelo de Cristo. Por eso, deseo ahora compartir con vosotros cómo debe ser el presbítero de este siglo XXI. Ello nos permitirá descubrir cuáles deben ser las características del seminario al que se le encomienda la importante y delicada tarea de formarlo y prepararlo.
“El sacramento del Orden configura al sacerdote con Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia. El Espíritu Santo en la efusión sacramental del Orden, caracteriza y define una vida espiritual que se ha de manifestar en actitudes y comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y que se compendian en la caridad pastoral” (PDV, 21). La configuración con Cristo Cabeza y Pastor en el ejercicio de ¡a caridad pastoral se logrará si el aspirante a recibir el sacramento del orden ha alcanzado la madurez humana, espiritual, doctrinal, pastoral y misionera. Y esta madurez integral le permitirá alcanzar las virtudes y cumplir los compromisos de pobreza, castidad-celibato y obediencia. Repasemos, pues, los rasgos de esta madurez:
La madurez humana
El presbítero debe haber adquirido antes de la ordenación una profunda madurez humana. Sin ella todo su ministerio estaría privado del fundamento necesario, porque el sacerdote tiene que ser puente, y no obstáculo, para que los demás lleguen al encuentro con Jesucristo Redentor del hombre. Por tanto, el presbítero no sólo para reaIizarse el mismo como persona, sino también para relacionarse con los, demás debe poseer una personalidad equilibrada y libre, que se manifiesta por el amor a la verdad, la libertad, el respeto a la persona, la verdadera comprensión, la coherencia y el equilibrio de juicio y de comportamiento.
En esta madurez humana, tiene particular importancia la capacidad del sacerdote para relacionarse con los demás. Al ser llamado a asumirla responsabilidad de cuidar una comunidad ha de ser hombre de comunión. No puede, por tanto, ser arrogante ni polémico, sino afable, sincero en sus palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecer y de suscitar entre todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar.
Y la madurez humana supone una verdadera madurez afectiva porque el ser humano no puede vivir sin amor. Y siendo conscientes del puesto central que ocupa el amor en la existencia humana, toda persona, pero especialmente el presbítero, porque será llamado al celibato, necesita una buena educación de la sexualidad, que le capacite para ofrecer durante toda su vida, con la gracia del Espíritu Santo y con la respuesta libre de la propia voluntad, la totalidad de su amor a Jesucristo y a la Iglesia. La madurez afectiva, que hará posible el compromiso del celibato y la vivencia de la castidad, ha de incluir unas relaciones humanas de serena amistad y profunda fraternidad, y un gran amor, vivo y personal a Jesucristo. Incluirá además la estima y respeto a las relaciones interpersonales con hombres y mujeres, y también la prudencia y renuncia a todo lo que pueda ponerlo en peligro.
La madurez espiritual
Por vida espiritual se entiende la relación y comunión con Dios. Y la vida espiritual, obra del Espíritu, comprende a la persona en su totalidad; introduce en la comunión con Jesucristo; conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en una actitud filial respecto al Padre y una adhesión confiada a la Iglesia.
Es evidente que sin esta madurez espiritual es imposible la madurez de la persona humana creyente, pero sobre todo, la madurez pastoral y misionera, dependen de esta madurez espiritual, por lo que constituye una cualidad de la máxima importancia en la vida del sacerdote.
Este camino espiritual del presbítero presenta algunas exigencias fundamentales:
Se requiere ante todo vivir una íntima comunión con Jesucristo, una amistad sincera y real con él. Recordamos que la parábola de la vid y los sarmientos concluye con la conocida afirmación: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5b). Esta comunión se construye en la meditación de la Palabra de Dios que permite encontrarse con Cristo y al mismo tiempo impide volverse “predicadores vacíos de la Palabra que no se escucha por dentro” (San Agustín). La meditación hace posible responder a la Palabra en una oración que posibilita el encuentro vivo y personal con el Padre por medio del Hijo bajo la acción del Espíritu Santo. Y desde esa experiencia el sacerdote podrá ser maestro de oración para los cristianos que esperan encontrar, no sólo alguien que les acoge, les escucha y les muestra una sincera amistad, sino también y sobre todo un hombre de Dios, que les ayuda volver a él la mirada y a dirigir hacia él sus pasos.
La Eucaristía es el culmen de esta oración cristiana y a la vez cumbre y fuente de los Sacramentos y de la Liturgia de las Horas. Por eso, y aunque parezca superfluo recordarlo, deseo insistir en la importancia de que el sacerdote celebre todos los días la santa Misa, incluso, si fuese necesario, sin asistencia de comunidad, celebre también de un modo completo la Liturgia de las Horas de cada día y reciba con frecuencia la Penitencia redescubriendo la alegría y belleza de este sacramento.
Y la misma dimensión espiritual exige que el sacerdote sea el hombre de la caridad, que busque a Cristo en los hombres. El sacerdote está llamado a ayudar a los cristianos a que imitando a Cristo vivan el mandamiento nuevo del amor fraterno, que les lleve a sentir amor preferencial por los pobres.
La madurez intelectual
La recepción del sacramento del Orden presupone, también, haber adquirido una madurez intelectual básica que, perfeccionada en la formación permanente, permitirá al sacerdote dar respuesta a los interrogantes que plantea la cultura moderna. Si el estudio constante, en los caminos profanos, es una obligación profesional, para el presbítero es una exigencia pastoral. Porque si todo cristiano debe estar preparado y dispuesto a defender la fe y dar razón de su esperanza, mucho más el presbítero debe cuidar su formación intelectual para alcanzar un conocimiento más profundo de los misterios divinos y ayudar mejor a sus hermanos y hermanas. La exaltación del subjetivismo como criterio y medida de la verdad, el relativismo, el hedonismo, el materialismo consumista, la manipulación de la vida humana, especialmente en las fases iniciales o finales de la misma, son algunos de los planteamientos de la cultura moderna que están exigiendo respuestas fundamentadas.
No podemos ignorar que la formación intelectual se basa y se adquiere sobre todo por el estudio profundo de las ciencias eclesiásticas, sabiendo que todas ellas provienen de la fe y tratan de conducir a ella. Por tanto, para el sacerdote estas materias tienen la fe como punto de partida y de llegada. De ahí que la teología y la vida espiritual del presbítero se refuerzan mutuamente. Y la madurez intelectual del presbítero debe manifestarse en su fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia. Por eso, a la hora de abordar la relación entre las declaraciones del Magisterio y las discusiones teológicas debe tener en cuenta que el magisterio de la Iglesia y la teología tienen el mismo fin: Mantener al pueblo de Dios en la verdad. Este mutuo servicio a la verdad conlleva una relación recíproca entre el teólogo y el Magisterio, en la que el magisterio enseña auténticamente la doctrina de los Apóstoles y sacando provecho del trabajo teológico replica a las objeciones y deformaciones de la fe, mientras la teología debe ir consiguiendo una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia bajo la guía del mismo Magisterio.
Otros retos a los que el sacerdote deberá ser capaz de responder son: La relación entre el rigor científico de la teología y su aplicación pastoral. Sabiendo que no sólo no se oponen entre sí sino que han de coincidir. Y la necesidad de la inculturación que no significa sincretismo, sino que intenta conseguir que el Evangelio penetre vitalmente en las culturas, encarnándose en ellas, de tal modo, que supere los elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y eleve sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo.
La madurez pastoral
Sabemos que “Jesús llamó a los que él quiso y se fueron con él. A Doce los hizo sus compañeros para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). El presbítero “por la unción del Espíritu Santo se configura con Cristo sacerdote, de suerte que puede obrar como en la persona de Cristo Cabeza y Pastor” (PO 2). Por tanto, la madurez humana, espiritual e intelectual vienen exigidas por la finalidad pastoral.
Es evidente que se necesita el estudio de la teología pastoral para que sea eficaz la pastoral, pero también la práctica adquirida en la colaboración con otros presbíteros hará descubrir y utilizar los medios adecuados para el ambiente social en el que se desarrolle la pastoral. Y, sobre todo en la actualidad, se debe destacar que la actividad pastoral está destinada a la Iglesia que es esencialmente “misterio”, “comunión y ‘‘misión”
La Iglesia es “misterio”, obra divina, fruto del Espíritu de Cristo. Ello no disminuye en nada la responsabilidad propia del pastor; sin embargo le convencerá de que es obra gratuita del Señor. La Iglesia es “comunión” por lo que exige al presbítero realizar su labor pastoral en colaboración cordial con los diversos agentes eclesiales: Obispo, sacerdotes, religiosos y laicos. Y la colaboración supone el conocimiento y estima de los dones y carismas de las diversas vocaciones y responsabilidades. Exige, además, mutua confianza, paciencia, dulzura, capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un amor más grande a la Iglesia que a uno mismo y, en nuestro tiempo, he de destacar la importancia de buscar y promocionar la colaboración con los laicos. Por eso mismo, la aceptación y participación en los actuales cauces y estructuras de “comunión”: CAPs, arciprestazgo, consejos, Plan Diocesano de Pastoral ya no son algo opcional sino una obligación en conciencia. El aceptar estas estructuras es signo de comunión, mientras el situarse al margen u oponerse a su funcionamiento es falta grave contra la comunión, supone falta de madurez humana, espiritual, teológica y pastoral, y pone de manifiesto que no se ha descubierto qué es la Iglesia.
La madurez misionera
Por último, deseo añadir que la Iglesia también es misionera. El mandato de Jesucristo: “Id y predicad el Evangelio” (Mc 16, 15), resuena siempre en ella. Por tanto, el ministerio sagrado es, por naturaleza, universal, y el presbítero tiene que sentir preocupación por la Iglesia particular y por la Iglesia universal, y estar dispuesto a ofrecer su propio trabajo pastoral a aquellas Iglesias que se encuentren en grave necesidad. Este planteamiento es el verdadero y, por eso, se ha de comprender que, aún en circunstancias de escasez de sacerdotes, no se puede negar a nadie esta posibilidad si, después de un discernimiento sosegado y de la preparación suficiente, se concluye que la opción es voluntad de Dios.
Los signos de la madurez presbiteral
He querido presentaros algunos de los rasgos principales que debe poseer hoy el sacerdote. Y he de añadir que una de las pruebas de la madurez integral del sacerdote es su decisión voluntaria y permanente de vivir en pobreza, castidad-celibato y obediencia. Dicho estilo de vida no toma en el sacerdote diocesano la forma de los votos religiosos, sino el compromiso de un modo de vivir que le permita realizar adecuadamente su misión en medio del mundo.
Los sacerdotes no tenemos voto de pobreza, pero se nos pide vivir con austeridad y sabiendo compartir lo nuestro con los necesitados. De hecho, el pueblo cristiano, que ve bien que no pasemos necesidad, no entiende que sean una preocupación para nosotros los bienes materiales, y cuando nos ven demasiado pendientes de poseer, les resulta difícil creer y acoger nuestro mensaje.
Tampoco hacemos un voto de obediencia, pero sí realizamos una promesa solemne antes de ser ordenados diáconos y presbíteros. Esto supone estar disponibles para la tarea pastoral que el Obispo, después de un adecuado discernimiento, asigne a cada uno. La obediencia es, por ello, una virtud necesaria.
Y por último prometemos libremente observar el celibato durante toda la vida. Y clarifico este solemne compromiso con este texto de Pastores dabo vobis: “El presbítero tiene que conocer, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y por tanto en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales
No se puede considerar simplemente como una norma jurídica, ni como una condición totalmente extrínseca para ser admitidos a la ordenación, sino como un valor profundamente ligado con la sagrada Ordenación, que configura a Jesucristo buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y por tanto, como la opción de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia, con la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el ministerio pastoral. El celibato ha de ser considerado como una gracia especial, como un don que “no todos entienden
sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19,11). Sin embargo “El celibato sacerdotal... don precioso de Dios llevará a la oración y a la vigilancia para que el don sea protegido de todo aquello que pueda amenazarlo” (PDV 50).
LA PASTORAL VOCACIONAL
Después de repasar con vos0tros las cualidades que debe poseer el presbítero de nuestro tiempo, quiero invitaros ahora a renovar nuestro compromiso y nuestro esfuerzo en el campo de la pastoral vocacional.
El momento, como ya os he dicho, no es fácil. Y muchas de las causas de las dificultades presentes no está en nuestra mano el superarlas. Pero Dios nunca nos pide aquello que supera nuestras fuerzas, sólo el que le confiemos nuestros panes y nuestros peces, lo que tenemos (Cfr. Jn 6, 9-14). Pongámonos, pues, manos a la obra y confiemos en Dios que nos ha prometido su asistencia: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo”(Mt 28, 20). No olvidemos que estamos fundados en su palabra que nos asegura: “Os daré pastores según mi corazón” (Jr 3, 24). Con estas convicciones de fe, que deben acrecentar en nosotros la esperanza, me atrevo a indicaros algunos principios que debemos tener presentes en nuestra pastoral vocacional y algunos caminos que, si Dios quiere, podremos recorrer juntos.
Algunos principios básicos
La dimensión vocacional, eje de la vida cristiana
La pastoral vocacional no es una labor opcional o circunstancial en la Iglesia. No se trata de que ante la escasez de vocaciones debamos realizar una pastoral vocacional, entendiendo con ello que si hubiese vocaciones suficientes no sería necesaria dicha labor pastoral. En este planteamiento las iniciativas pastorales tendrían su origen en las necesidades humanas. Ciertamente las necesidades del hombre deben ser tenidas en cuenta, pero el origen último de toda labor pastoral está en una iniciativa divina. Un adecuado discernimiento pastoral debe comenzar poniéndonos a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor. Voluntad que se nos revela en Jesucristo. Y al mirar a Jesucristo descubrimos que el anuncio del Evangelio implica siempre una invitación a escuchar la llamada de Dios y a acogerla en el corazón. Ser cristiano es vivir acogiendo la llamada de Dios a la salvación y esforzándose en realizar cada día su voluntad. Por eso la dimensión vocacional, la llamada de Dios, no es algo reservado tan sólo a unos pocos cristianos o a algunos momentos especiales de la vida. Todo cristiano debe preguntar cada día a Dios: “~,Qué quieres hoy de mí?”. Vivir en esta actitud hace posible que escuche las diferentes llamadas de Dios y también que pueda reconocer la posible llamada a una consagración total a él.
En la actual ausencia de vocaciones confluyen múltiples factores, pero probablemente tengamos que reconocer que uno de ellos es el olvido en el que ha caído esta esencial dimensión vocacional de la vida cristiana. Al hombre de hoy, tantas veces centrado en su propia voluntad, le cuesta volver su mirada a Dios y confiarse a él. En esta situación tenemos que reconocer que es sumamente difícil no sólo el germinar de una posible vocación sacerdotal, sino la misma realización de una vida cristiana. Por ello ea. urgente la recuperación, en la medida en que se haya perdido, del sentido vocacional de toda vida cristiana.
Junto a esto que podríamos denominar la vocación cristiana fundamental, debemos reconocer la importancia de la vocación sacerdotal como una vocación específica. Si leemos con atención los evangelios nos encontraremos con que uno de los aspectos fundamentales de la misión de Jesucristo fue el tiempo que dedicó a la formación de los apóstoles. Como os he señalado anteriormente, y a pesar de que no fue una tarea fácil, empleó en ella gran parte de sus energías y sus esfuerzos. Si la pastoral de la Iglesia debe tomar como modelo al mismo Jesucristo, entonces nuestra Iglesia diocesana debe asumir como objetivo prioritario e ineludible realizar la misma propuesta que Cristo hizo al joven del Evangelio: “Ven y sígueme” (Lc 18, 22). Ciertamente el anuncio de la Palabra, el compromiso caritativo, la celebración de la fe y la construcción de la comunidad cristiana no deben faltar. Pero, si en nuestra Iglesia no invitásemos a los jóvenes a seguir a Jesucristo debéríamos preguntarnos si somos fieles al encargo y al ejemplo que él nos ha dejado.
La dimensión eclesial de la vocación
A la hora de proponer a los jóvenes la vocación sacerdotal, debemos indicar también en qué consiste este ser sacerdote hoy. Porque no faltan en nuestro tiempo voces que, de un modo u otro, presentan una imagen del sacerdocio que, más que tomada del Evangelio, parece haber surgido de los deseos del propio hombre contemporáneo. Este sacerdocio a la medida del hombre es además amplificado en los medios de comunicación, que por su propia dinámica, están llamados a resaltar toda novedad convirtiéndola en noticia. Se produce así una distorsión en la imagen del sacerdote que hace difícil el que los jóvenes puedan seguirlo. Pues, ¿cómo entregar toda la vida por algo que sólo es creación nuestra? Sin embargo, la vocación no es un proyecto humano, sino un don de Dios. Y este sacerdocio que responde al plan de Dios es el que nos propone la Iglesia. Y la misma Iglesia será la encargada de ayudar al joven a discernir su vocación, examinando atentamente si responde a lo que hemos recibido del mismo Cristo. De tal modo que la vocación al sacerdocio no es primariamente una aspiración humana o una respuesta a determinadas cualidades que el hombre encuentra en sí. Es más, la Escritura nos recuerda a menudo que aquellos que han sido llamados por Dios, piensan que no reúnen las condiciones necesarias: “Mira que no sé hablar, pues soy un niño” (Jr 1, 6). “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5, 8). Pero, la vocación responde a una iniciativa divina y él es quien capacita para la misión: “No digas: ‘soy un n!ño”’ (Jr 1, 7). “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5,10).
El diálogo inefable entre Dios y el hombre
La vocación, pues, consiste en que Cristo hoy, al igual que siempre, dirige su llamada a algunos hombres y les dice: “Venid y veréis” (Jn 1, 39). Con dicha llamada se inicia un diálogo inefable entre Dios y el hombre que está en el fondo de toda vocación. Sólo el que se siente llamado personalmente por Dios, puede responder, a su vez, desde lo más hondo de su corazón y comprometiendo toda su persona y su vida. Por su misma inefabilidad este diálogo permanece en gran medida lejos de nuestro conocimiento, pero aún siendo inefable el tenor de dicho diálogo, sí sabemos que en él se encuentran siempre el don gratuito de Dios y la respuesta libre.del hombre. En la vocación, por tanto, Dios es el actor principal que capacitará al hombre con su gracia, para una misión que supera las meras posibilidades humanas. La respuesta del hombre no será, sin embargo, una simple acogida pasiva, sino, como la tierra buena de la parábola, deberá estar preparada y dispuesta para que en ella pueda fructificar la semilla que Dios mismo siembra.
Este principio deberá informar nuestra pastoral vocacional, en la que deberemos trabajar nuestras tierras y nuestras gentes para que sean terreno bien abonado en el que la Palabra pueda ser escuchada. De hecho, el hombre de hoy, en ocasiones, teme esta llamada de Dios a su puerta y necesita que resuene en su corazón la palabra de la Iglesia que nos dice: “No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno” (Benedicto XVI, Homilía de inicio del Pontificado). Y, como los caminos de Dios tantas veces superan a los nuestros, no pongamos límites a su obrar. La llamada de Dios a veces nos descoloca, pues se dirige a quien no hubiéramos pensado o en momentos que a nosotros nos parecerían inapropiados. Ya los evangelios aluden a las críticas dirigidas a Jesús tras la llamada de Mateo (Lo 5, 30-32). Y en Francia, en años recientes, un estudio mostró que muchos de los sacerdotes actuales percibieron los primeros signos de la llamada de Dios antes de los quince años. Por eso, ofrezcamos sin miedo el tesoro de la vocación e invitemos decididamente a este diálogo personal con Dios a niños y jóvenes. Dios mismo pondrá el incremento.
La “reconstrucción” de la mentalidad cristiana
En el fondo de muchas de las dificultades que venimos expresando en’ la labor vocacional encontramos un problema de mentalidad. La actual secularización, la pérdida o ausencia de un sentido cristiano de la vida, hacen difícil escuchar y responder a la llamada de Dios. No es posible aquí presentaros la transformación de la mentalidad actual. Permitidme tan sólo aludir a algunos aspectos sintomáticos de la misma. Cuando en la época moderna se quiso destacar la novedad de la misma frente a la Edad Media, se habló de dicha época moderna como del siglo de las luces, entendiendo la época medieval ya superada como una zona sombría y oscura. Pues bien, hoy la fe cristiana aparece en muchos ámbitos como si fuese algo triste, incapaz de hacer feliz al hombre. Ante ello es necesario recuperar y anunciar la alegría y la belleza de la fe: “Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera” (Benedicto XVI, homilía de inicio del Pontificado).
La imagen de Dios que se nos presenta está también gravemente distorsionada. El Dios que el mundo de hoy rechaza es, frecuentemente, muy distinto al revelado por Jesucristo. Para el hombre actual Dios sería un antagonista del hombre, que le impediría su plena realización y le obligaría a vivir en una renuncia permanente condenándole así a la frustración existencial. En el Evangelio, por el contrario, el encuentro con Dios y el descubrimiento de su Reino está acompañado no de la tristeza de una renuncia sino de la alegría de quien descubre un tesoro: “El que lo encuentra lo deja oculto y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo” (Mt 13, 44). San Pablo afirmará igualmente “que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3, 8). De modo parecido, la actual imagen del hombre ha sido profundamente dañada. Alejado de Dios, el hombre contemporáneo ha quedado reducido a una imagen chata de sí mismo, incapaz ya de reflejar la imagen de Dios que está inserta en su corazón. El hombre, así empequeñecido, es incapaz de realizar compromisos de por vida y entiende el sólo planteamiento de esta posibilidad como una utopía irrealizable. Sin embargo, la experiencia nos muestra abundantemente que la persona humana está construida para dicho compromiso de toda su existencia y está ansiando el encontrar un ideal, una persona, con la que comprometerse para siempre. Nadie que de verdad ama, desea que su amor sea algo pasajero, sino que entiende como una deficiencia el no lograr la eternidad de dicho amor. Valgan estos pequeños apuntes como simple indicativo de la imperiosa necesidad de reconstruir una auténtica mentalidad cristiana en la que podamos tener una comprensión recta del hombre, del mundo y de Dios.
Propuestas pastorales
Si hasta aquí os he expuesto algunos de los principios fundamentales que debemos tener en cuenta en toda pastoral vocacional, ahora deseo indicaros, algunas propuestas más concretas que puedan orientar nuestra labor. Como es claro las propuestas que aquí os expongo no son las únicas posibles. En este tema, como en tantos, se trata de sumar iniciativas. Lo importante es que todos nos pongamos manos a la obra, que nadie se sienta excluido o al margen en esta tarea esencial de nuestra pastoral. El fruto, como bien sabemos, es don de Dios. Pero nosotros tendremos que responder de nuestra propia labor. Y cuando nuestro Seminario Mayor está casi vacío, comprometernos en una seria pastoral vocacional es un auténtico deber de conciencia. Todos los diocesanos, cada uno desde nuestra misión específica, debemos colaborar decididamente y evitar posibles apatías o desesperanzas. Y, aunque de momento, los resultados sean escasos, digamos una vez más al Señor con Pedro: “Maestro, hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada, pero puesto que tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5, 5).
La oración perseverante
En primer lugar debemos recordar la importancia de la oración. La invitación de Jesús: “Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10, 2), sigue siendo válida también hoy para nosotros. La oración perseverante y confiada, pidiendo a Dios el deseado y necesario aumento de las vocaciones es, además, una labor que está al alcance de todos. En nuestros pueblos, en ocasiones, algunos piensan que ellos poco pueden hacer por las vocaciones, pues en su pueblo apenas hay niños ni jóvenes. Sin embargo, el buen sentido del pueblo cristiano sabe bien que esto no es así. Siempre podemos y debemos elevar a Dios nuestra oración, conforme a su mismo mandato. Movido por esta convicción, os invitó a que en cada eucaristía, y especialmente en la celebración dominical no falte nunca una petición por las vocaciones. Podéis usar el subsidio que hace algún tiempo os enviamos o podéis usar otras fórmulas adecuadas, pero debéis sentir como un deber y una necesidad el que no haya ninguna celebración de la Misa en la que falte dicha intención. Y a vosotros, queridos sacerdotes y consagrados, os pido que junto a la petición en la Eucaristía, unáis también la petición en la oración de Laudes y Vísperas. También aquí os hicimos llegar unos formularios, usadlos o acomodadlos, pero no os dispenséis a la hora de realizar esta petición a Dios. Igualmente el ofrecimiento de otras oraciones, como el rosario, puede ser un medio muy válido. Y especialmente el ofrecimiento de los dolores y fatigas de la vida, tiene gran valor delante de Dios: “El ofrecimiento de los sufrimientos con esta intención es de gran provecho para la promoción de las vocaciones” (PDV, 38). Sería muy loable el que todos aquellos que pasan por el sufrimiento (y quien de nosotros no tiene sufrimientos en alguna medida) lo ofreciesen por esta intención. Se trata en definitiva de que toda nuestra Iglesia diocesana se ponga en estado de oración. Ningún cristiano de nuestra Iglesia diocesana debe sentirse al margen en esta tarea, pues en ella está en juego el mismo ser de nuestra Iglesia.
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