Diócesis de Astorga

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SOMOS UNA GRAN FAMILIA CONTIGO

Día de la Iglesia diocesana, 2018

   Cuando rezamos el credo confesamos nuestra fe en el misterio de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. La santidad de la Iglesia no es cosa de los hombres que históricamente formamos parte de ella sino de Cristo que la unió a sí en una Alianza indisoluble. De esta unión con el Señor, la Iglesia recibe por la acción del Espíritu Santo, el poder de santificar a los hombres, principalmente, por la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos y el ejercicio de la caridad.

  Esta realidad invisible a nuestros ojos y a nuestra experiencia humana, es lo que distingue a la Iglesia de cualquier otra organización social o cultural. Los hijos de la Iglesia no podemos perder este sentido profundo del misterio de la Iglesia. A veces, el ambiente nos arrastra y podemos caer en el error de comparar la Iglesia con otra entidad más del entramado social. Aparentemente así es; pero nuestra fe nos dice que la verdadera realidad es otra.

  En el día de la Iglesia diocesana quiero subrayar la santidad de la Iglesia en el contexto del Año diocesano de la santidad que estamos viviendo con motivo del cuarto centenario de la muerte de San Lorenzo de Brindis. Es mi deseo que, con la ayuda de la gracia de Dios, todos los fieles de la diócesis crezcamos en santidad y en gracia ante Dios y ante los hombres. El Santo Padre Francisco nos dice en la Exhortación gaudete et exsultate que “bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes sino «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (GetE nº 18)

  Los pequeños gestos de amor a Dios y al prójimo que hacemos son el camino más recto para alcanzar la meta de la santidad. Pues, así como una familia se mantiene unida gracias a los gestos diarios de ternura y de afecto entre los esposos, los padres y los hijos, así también los hijos de la Iglesia manifestamos con pequeños gestos de amor entre nosotros y con los demás la santidad de nuestra Madre. Si queremos mostrar al mundo lo más bello de la Iglesia debemos esforzarnos por ser santos porque la santidad es el rostro más hermoso de la Iglesia.

  Nuestra Iglesia diocesana, con una tradición cristiana tan secular, ha engendrado una multitud de santos que nos han precedido en la fe y gozan de la felicidad eterna contemplando el rostro de Dios. Son tan cercanos a nosotros, incluso en el tiempo histórico, que su vida nos ayuda a comprender que la santidad no es cosa de héroes, aunque ellos lo hayan sido, sino de gente buena que vive para Dios y para el prójimo. Durante este año los recordaremos con afecto y pediremos su intercesión para que el Señor nos conceda progresar en el camino de la perfección en el amor.

  Los santos forman parte de esta familia de hijos de Dios que es la Iglesia. Ellos son los mejores representantes ahora y siempre. Os invito a todos los diocesanos a aprovechar este Año diocesano de la Santidad para explorar los distintos caminos por los que el Señor nos llama a ser santos como nuestro Padre celestial es santo.

 

† Juan Antonio, obispo de Astorga

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