Diócesis de Astorga

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RITO DE ADMISIÓN A LAS SAGRADAS ÓRDENES DE MICHAËL Y PABLO

27 - junio - 2026

La capilla del Seminario de Astorga acogió el pasado sábado 27 de junio, a las 12:00 horas, la celebración del rito de admisión a las sagradas órdenes de los seminaristas mayores Michaël y Pablo, un paso significativo en su camino hacia el sacerdocio.

Este rito litúrgico supone que los candidatos manifiestan públicamente su voluntad y compromiso de continuar su formación con fidelidad para ofrecerse al servicio de Dios y de la Iglesia, con la mirada puesta en recibir, llegado el momento, la ordenación sacerdotal. La celebración estuvo presidida por el administrador diocesano, don Francisco Javier Gay, y contó con la participación del rector del Teologado de Ávila, donde ambos seminaristas realizan actualmente su formación, así como de sacerdotes diocesanos.

También quisieron acompañar a Michaël varios sacerdotes procedentes de Costa de Marfil, su país de origen. Familiares y amigos de los dos seminaristas llenaron la capilla en una jornada marcada por la alegría y la acción de gracias. De manera especial, estuvo presente el hermano de Michaël, desplazado desde Costa de Marfil para compartir con él este importante momento vocacional. Asimismo, numerosos laicos, religiosos y personas vinculadas a ambos candidatos quisieron arroparlos con su oración y cercanía.

Durante la homilía, don Francisco Javier Gay recordó a los dos seminaristas que "toda vocación tiene su origen en Dios y que solo en Él encuentra su verdadero fundamento. La vocación es realmente una llamada de Dios. Y conviene insistir en ello porque la realidad social habla de vocación en otro sentido. Entonces, para la mayoría de la gente, hablar de vocación es hablar de un maestro, de un médico o de cualquier labor que haga una persona. «Es que tiene mucha vocación de maestro, de médico…».

¿Y en qué consiste esa vocación? En que le lleva mucho, le gusta mucho, se siente muy bien en ello. Ya, pero la vocación no es eso. No es la afinidad propia con algo que estamos realizando. La vocación es que alguien te llama, te toca, te llama. Que alguien te llama. Y, de momento, casi a lo mejor tú no sabes ni si aquello es lo que más te va o lo que menos te va. Esto es la vocación. O sea, que no es la imagen social que existe de ella. No tiene que ver con vuestra mayor o menor afinidad con aquello a lo que sois llamados. En principio tiene que ver con una decisión de Dios: «Antes de formarte en el vientre, te elegí». Y con la vocación hay que tener cuidado porque, si un riesgo es entenderla como algo que tiene afinidad conmigo, el otro riesgo está en entender la vocación como algo que yo me voy apropiando a lo largo de la vida. Vosotros todavía estáis en los primeros pasos, pero cuando uno lleva unos cuantos años, uno sabe que todos los sacerdotes que aquí estamos, y en especial los más mayores, siempre tenemos un peligro: apropiarnos la vocación como si fuese cosa nuestra. Se traduce en que Dios un día me llamó, yo le dije que sí y ahora yo veo cómo hay que hacer las cosas. Y me apropio la vocación. Y me olvido de que la vocación viene de Dios y, vuelvo a repetir, solo se sostiene en Dios. Nosotros, sacerdotes, tenemos continuamente el riesgo de sostener la vocación en nosotros mismos y no en Dios.

Y cada mañana nos tenemos que preguntar, o nos tenemos que recordar, que yo estoy haciendo una labor porque Dios me la ha encomendado y que, por tanto, solo he de hacer aquello y todo lo que quien me lo encomienda me dice. No lo que yo piense, no lo que a mí me parece… La vocación es algo muy serio; la vocación sacerdotal, la vocación consagrada. Las demás también, por supuesto. Por tanto, os rogamos que nunca os apropiéis la llamada de Dios, la vocación. El segundo paso de este diálogo tan impresionante es la respuesta del profeta: «Mira que no sé hablar, que solo soy un muchacho». A veces pensamos en dificultades de capacidades: «No sé hablar», «no estoy preparado», «los estudios»… No. Esto es más amplio. La edad: «Soy un muchacho» o «tengo mucha edad». Ahora también hay algunos que llegan a los seminarios con mucha edad y dicen: «Con esta edad…». O sea, que no se refiere solo a esto. Se refiere a todas las disposiciones. Tendríamos que ampliar: «Mira que me cuesta…». No hablar puede ser más o menos fácil; no. «Me cuesta esperar», «me cuesta servir en una mesa», «me cuesta ponerme al nivel de los demás», «me cuesta no pensar que estoy por encima». Claro, a lo mejor lo que nos cuesta no es exactamente lo que podemos leer en un primer momento en el profeta. Y entonces es verdad. Es verdad. Y por eso hay un tiempo largo de preparación. ¿Para qué? ¿Solo para realizar unos estudios?

También; importante. Pero no tan importante como aprender a servir. Y es aprender a estar al mismo nivel que los demás, porque no somos más que nadie. Tenemos una misión que es la nuestra, pero el sacerdote no es más que el fiel. Tiene la misma dignidad el fiel que el sacerdote. Los religiosos tienen una labor, los consagrados otra, nosotros otra. Sí. Pero ante Dios la dignidad de todos es la misma y estamos en el mismo nivel. Y, desde luego, en esto hay que volver a tener cuidado. «Mira, Señor; mira, Señor, que a lo mejor voy y me lo creo». No. Servir, ayudar, estar pendiente del otro. Que me cambien el plan del día. Porque a lo mejor lo que me cuesta no es el «no sé hablar»; a lo mejor lo que me cuesta es que resulta que he organizado un día para hacer tales y tales cosas y, como yo soy una persona muy ordenada, cuando llega alguien y me descompone todo, se provoca una crisis. También pasa a veces en las casas, a los padres, a las madres; se provoca una crisis. Pues el servicio es esto. El servicio es esto: que yo estoy haciendo aquello que tenía previsto y ahora llega alguien y me lo descompone. Y si soy sacerdote, más, porque me han ordenado para que me descompongan; me han ordenado para que me desordenen. He sido ordenado para que ahora los fieles puedan desordenar mi vida. No quiere decir que haya que decir que sí a todo, pero sí quiere decir que tu corazón siempre tiene que estar dispuesto a renunciar a lo que pensabas para servir en lo que no pensabas. Eso sí. «A donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, dirás». Y aquí ya nos adentramos en un punto todavía más difícil. «A donde yo te envíe, irás». Y aquí sí que los que tenemos una cierta edad entendemos. Ponerse en las manos de Dios a través de la mediación de la Iglesia, o sea, del obispo y hasta de los compañeros."

Una vez finalizada la celebración los asistentes compartieron un vino español en el Seminario. 

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